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(Vertebrados Infinitamente Patéticos)

 

En el mes de Septiembre del año 2001, recién acomodados al nuevo milenio, la humanidad era testigo de un incidente que no dejó indiferente a nadie: El derrumbamiento de las Torres gemelas en la ciudad de Nueva York. Gracias a la globalización de las telecomunicaciones, el mundo fue testigo en vivo y en directo del incendio de la primera torre y luego del choque del segundo avión contra la segunda torre. Algunos minutos después, ambas se derrumbaban, como una manera de dejarnos muy claro que el mundo estaba muy lejos de encontrar la paz y el bienestar que tanto necesitábamos.

 

Se han escrito cientos de artículos y de libros que han analizado los aspectos oscuros de este atentado criminal, algunos de los cuales han quedado plasmados en el excelente “Fahrenheit 9/11” de Michael Moore. Hay demasiadas preguntas no resueltas respecto a ese atentado pero lo que quedó claro era que no tardaría demasiado en convertirse en la excusa perfecta para declararle la guerra a Irak, como parte de ese mediático “Eje del Mal”.

 

Y así fue. La prensa mundial, perfectamente controlada por las grandes corporaciones de las comunicaciónes, se han cuidado mucho en mostrarnos sólo lo que ellos consideraban que era conveniente ser visto. Sin embargo, la inmensa torpeza de aquel plan bélico y criminal para derrocar a quien en algún momento fue aliado y excelente amigo del gobierno norteamericano, Saddam Hussein, nos ha estado mostrando un escenario dantesco, en donde si algo queda claro es que cada día habrán más muertos.

 

Finalmente, hace algunos días, y con una celeridad bastante sospechosa, seguramente por todo lo que sabía, Hussein, patético dictador y asesino, era sentenciado y ahorcado en un espectáculo triste que nos demostraba, una vez más, que la muerte sólo genera muerte, en una espiral sin fin, que muchos, interesadamente, nos quieren vender como un mal necesario, y en el caso de esta ejecución, como una demostración de verdadera “justicia”.

 

Quiero transcribir algunos párrafos de alguien que ha vivido directamente la locura de la guerra de Irak, que estoy seguro que si no tuviera todo el petróleo que tiene, dicho sea de paso, no creo que los Estados Unidos hubieran puesto tanto interés en conquistar a como de lugar y cueste lo que cueste.

 

El capitán Jimmy Massey fue destacado en Irak y como muchos de sus compañeros, pensaba  que estaba haciendo una buena acción…” Nunca voy a librarme de esto.  Estoy a miles de kilómetros de Irak, pero la guerra me ha seguido hasta aquí…Estoy a salvo en los montes apalaches (EEUU) pero las bombas siguen explotando, los cañonazos me persiguen día y noche. Aquí el olor de las flores hace el aire tan dulce que dan ganas de comérselo; sin embargo, yo sólo huelo carne carbonizada. Tengo 32 años y soy un asesino psicópata entrenado. La única cosa que sé hacer es matar.”

 

Este descarnado y honesto testimonio es parte del libro que Massey ha publicado junto con Natasha Saulnier, titulado “Cowboys del infierno”. Nacido en el sur de los estados unidos, creció con una idea romántica de la guerra, admiraba al general Custer (responsable del genocidio de los indios norteamericanos) y al general Patton. Con estas credenciales, tenía el perfil necesario para enrolarse en el ejército norteamericano. Fue entrenado para asesinar y para borrar de su mente cualquier tipo de límite, en un proceso de deshumanización salpicado de intensa propaganda para generarle una idea equivocada de los objetivos reales de la guerra. Creía que estaba llevando la democracia a Irak y que sus enemigos eran la encarnación del mal. Le tocó vivir en carne propia experiencias que jamás borrará de su mente y que lo perseguirán durante toda su vida. Cuenta que en cierta ocasión estaba de guardia y se acercó un iraquí, amable y de buen porte. Pedía ayuda para su hijo enfermo. El niño era delgado, llevaba una camiseta roja y una gorra de béisbol y sonreía. El padre mostró una caja de insulina. El niño no dejaba de repetir: “Estados unidos bueno, estados unidos bueno”. Inmediatamente se comunicó con el oficial médico, que llegó montado al cabo de algunos minutos en un vehículo todo terreno. Lo miró con severidad y le dijo que no se podía hacer nada por aquel niño. No comprendía nada, como era posible que el ejército pudiera movilizar cientos de toneladas de equipo militar, la logística necesaria para que los soldados tuvieran tres comidas al día y al mismo tiempo no pudieran proporcionar algo tan simple como insulina?.  Comenzó a darse cuenta de la hipocresía de la guerra, que precisamente su gobierno y su ejército, honorable y valiente, era el verdadero culpable de aquella situación con sus bombardeos y sus sanciones económicas. Armándose de valor miró directamente a los ojos del pequeño y le dijo que no lo podía ayudar (pensando al mismo tiempo que en sólo unas horas moriría) y aquella mirada inocente se le ha quedó clavada en el alma.

 

En otra ocasión, Massey y su grupo comenzaron a matar sin razón a personas inocentes, incluidas mujeres con niños pequeños. Nadie los había atacado, era la intensa paranoia de ver a los demás como potenciales enemigos, a pesar de que no tuvieran ni la intención de arrojarles una piedra. Un oficial les llamó a atención porque habían estado matando por horas. Les dijo: "Que les pasa? Se están comportando como putos cowboys durante todo el día". Todo esto los iba sumergiendo en un proceso de disociación que los llenaba de más ganas de matar.

 

 “La sensación de miedo era un acicate para mí. Me dominaba. Era mejor que cualquier marihuana que haya fumado jamás, como si toda la rabia reprimida en mi vida se enfocara en las personas que tenía al frente.  Sentía como si me estuviera alimentando de vida, como si fuera un caníbal. Me sentía verdaderamente poderoso. Llegué al Nirvana, que era un espacio blanco y brillante. Pero después caí a una piscina de aguas oscuras y turbulentas: nadaba y la única manera de recuperar aquel sentimiento era matar de nuevo.” Comenta Massey.

 

Queda demostrado que el ejército al que pertenecía Massey se dedica a asesinar a gente inocente en Irak y está muy lejos de esas valerosas tropas que durante la primera y segunda guerra mundial dieron ejemplo de valentía y sobretodo de honor, una palabra que hace mucho tiempo se ha olvidado en los cuarteles norteamericanos, brazo armado de un gobierno oscuro y manipulador, que sólo busca la hegemonía y el control de la producción del petróleo, motor de la economía mundial.

 

Somos seres vertebrados e inteligentes, caminamos erguidos y orgullosos de poder estar soportados por nuestras dos piernas, pero con testimonios como éste ya no me queda tan claro si nos sirve para algo, ya que normalmente las cosas importantes, las que definen el futuro de una nación o del mundo, son dirigidas por entidades que bien pudieran arrastrarse como gusanos descerebrados  que hacen el máximo esfuerzo por parecerlo.

 

Oswaldo Rocha

 

Zaragoza, enero del 2007

 

 

 

Nota: Algunos comentarios se basan en el artículo aparecido en la Revista “Mas Allá”  Nº 212 de Octubre del año 2006, titulado “Lo de Irak es un genocidio” de Isabel Pisano.

 

 

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