EL NIÑO INDIGO Y LA MONTAÑA VIOLETA

El pueblo, pequeño y silencioso, está situado en la ruta que lleva hacia San Pedro de Casta, y a la meseta de Marcahuasi. Ubicado a un lado de la estrecha carretera, no tiene más de una veintena de casas, y como los miles de poblados de este tipo, parecen arañar la ladera de la montaña que les da cobijo. Hasta allí llegamos para visitar, según recomendación de un buen amigo, a una familia muy especial. Pero el asunto no era tan sencillo. Con nuestras mochilas bien aseguradas, para llegar a nuestro destino teníamos que atravesar el pequeño poblado, exactamente por su plaza de armas, que hace también las veces de patio del único colegio que existe allí, y empezar a subir, no sin antes ir saludando a los lugareños que con curiosidad han salido a las puertas de sus casas para observar el espectáculo que les ofrecemos al pasar en fila india. Poco a poco vamos ganando altura y el pequeño pueblo va empequeñeciéndose, pero el camino de subida, muchas veces accidentado, parece nunca terminar. De pronto, aparece un muchachito de unos diez años, ojos bondadosos y sabios, delgado, de cara ovalada y cabello castaño. Se llama César, nos dice, y se ofrece amablemente a ayudarnos a subir. Compartimos un trecho y me dice, con una seguridad que sorprende, que de grande va a ser Ingeniero Agrónomo, que para eso su padre lo está preparando. Cesitar, como lo empecé a llamar, se muestra abierto, sincero, como más adelante toda su familia se va a mostrar, y lo veo alejarse, corriendo, para ayudar a los que venían un poco más abajo. El sudor me cae en los ojos y me arden, y con el dorso de una mano trato de solucionar el problema, para seguir subiendo. Por fin, el camino termina. El pueblo se ve pequeñito. Allí mismo, empieza la propiedad de la familia anfitriona. Una casa de piedra, techo de madera y plástico, piso de tierra, igual como miles de casas en este país, una casa pobre, pobrísima. Hay más niños allí. Está el hermanito menor de Cesitar, y sus dos primitos. Todos muy bien ubicados y atentos para vernos llegar. Nos sonríen y nos miran con curiosidad.

Cuando todos nos hemos reunido, la madre nos da la bienvenida. Nos pregunta sobre lo que vamos a hacer y para no entrar en detalles le decimos que vamos a aprovechar la ocasión, la tranquilidad del lugar para meditar. La señora permanece en silencio y luego nos dice que ella también lo hace y es muy bueno, como está escrito en la Biblia, y que ella prefiere las alturas y el silencio, el sonido de los vientos, para ser como el viento, para ser como la montaña y reconocer la grandeza del creador. Su explicación nos deja perplejos. Ha acertado perfectamente, y a pesar de no ser una persona instruida, pues como nos contó luego, fue analfabeta hasta los 18 años, sus palabras y su comportamiento, así como sus sentimientos, demostraban sabiduría. Una alma grande, sin duda, y ahora ya me explicaba un poco mejor el porqué me sentí sorprendido por la calidad humana de su hijo César, un niño índigo de elevada espiritualidad. La anfitriona nos informa que el papá no está en casa porque ha tenido que ir hasta Lima para vender los productos que ellos producen, pero que estará de vuelta en cualquier momento. Y al cabo de unos minutos llega y nos saluda afectuosamente y nos da nuevamente la bienvenida.

Uno de los componentes del grupo, que ya conoce a la familia desde hace por lo menos 10 años y que amablemente nos había invitado, nos indica que volvamos a cargar nuestras cosas porque hay que ir a buscar el lugar idóneo para acampar. Nuevamente, cargamos con mochilas, carpas y demás y empezamos a subir por un camino rodeado de flores azules y violetas, de vivos colores, y poco a poco vemos como los árboles frutales, nos van rodeando. Nos damos cuenta que las flores violetas están muy presentes en el lugar. El sitio, en general, parece estar ligado al color violeta. Luego de unos minutos llegamos aun pequeño claro, igualmente rodeado por árboles y bellísimas flores. Atrás, la altura de la montaña es imponente, el cielo azul, más azul que nunca. Decidimos acampar allí y de inmediato armamos nuestras carpas. Cesitar, que nos ha acompañado todo el trayecto, parece especialmente a gusto con nuestra presencia. Uno de nosotros se ríe porque a la pregunta de si no le gustaría ser Astronauta le ha respondido que no, porque el espacio descalcifica los huesos y debilita los músculos. Una respuesta que lo ha sorprendido pero que en el caso del niño, es algo muy normal.

Cuando empieza a oscurecer, se nos invita a ir nuevamente a la casa. Descendemos, lo cual es un placer para todos sin tener más carga que nuestros propios cuerpos. Unas lámparas a batería, estratégicamente ubicadas, iluminan el pequeño comedor, adosado a la casa, que en realidad es sólo una habitación rectangular. Una pequeña mesa, construida por el papá, y unos largos troncos, nos sirven como asiento. A un costado está la cocina de leños, y cocinándose, la cena. Nuestra anfitriona está atentamente dedicada a controlar el fuego. La oscuridad es absoluta y la Luna no se anuncia hasta por lo menos para algunas horas más tarde. Se nos sirve mazamorra de calabaza, en unos cuencos de plástico. La mayoría de nosotros es vegetariana, en cambio, la familia que nos albergaba lo era por obligación. La carne, en cualquiera de sus formas, es un lujo para ellos. Mientras se cena, se van contando anécdotas de todo tipo, mientras el hermanito menor le va consultando a mi esposa qué significan las diferentes imágenes que contiene un libro de anatomía humana, que inteligentemente uno de nosotros ha tenido a bien traer junto con otros muchos libros. Es que a Cesitar le gusta mucho leer. Con una amplia sonrisa, el padre nos cuenta que ha tenido que aprender muchas cosas para poder ayudar a su hijo. La conversación está muy animada, y se habla un poco de todo, de política, de la situación del país, pero nuevamente al llegar al tema de los niños, todos permanecemos en silencio ante las opiniones de nuestra anfitriona. Ella considera que la vida en la ciudad es diferente (lo cual es cierto) porque los niños están expuestos a demasiadas influencias, y una de las más perjudiciales es la televisión. Que sin la presencia activa de los padres los chicos van a la deriva. Todos asentimos. Es por eso que su hermana le ha traído a sus dos hijos porque ya se estaban contaminando de tanto juego electrónico de muerte y destrucción. Para nosotros, era sorprendente escuchar dichas opiniones que demostraban una seguridad y una profundidad asombrosas.

Regresamos para el campamento acompañados por Cesar padre y los demás chicos. Nos van a ayudar a hacer una fogata. Debo decir que todos nosotros hicimos el intento de prenderla, lo cual no es nada difícil, pero mantenerla prendida, debo confesar, no lo pudimos lograr por más esfuerzos que hicimos. Se traen gruesos troncos de palto y el fuego va adquiriendo forma y tamaño. Cesitar está echado boca abajo, con la nariz pegada a los troncos, concentrado en mantener el fuego prendido, mientras sus primitos han prendido otro fuego a sólo unos metros sin ningún problema y ríen satisfechos. Poco a poco, la paciencia y la pericia del pequeño rinden sus frutos y un fuego vigoroso, azul y violeta (si, violeta) se enciende dándonos luz y calor. En la oscuridad de la noche, la luminosidad de aquel fuego violeta era como una demostración de que todos los milagros eran posibles.

A la mañana siguiente, despertamos temprano. Cesitar no tarda en aparecer para decirnos que su mamá ya ha preparado el desayuno. Que amabilidad extrema, si nadie le había dicho nada! pero así son estas gentes, puro amor incondicional. De la misma forma, para el almuerzo. Y así llega la tarde y nosotros tenemos que partir. Alistamos nuestras cosas mientras reconocemos que ese lugar es un pequeño paraíso. Todos los frutales dan generosos sus frutos, pero a estas alturas ya estamos seguros de que todo en ese lugar ha entrado en sintonía con la actitud hacia la vida de aquella maravillosa familia. Bendecidos por Dios, estoy seguro. Y a ti Cesitar, quisiera decirte que probablemente cuando decidiste venir a este mundo una de las nubes que pasaba sobre la que sería tu casa te dejó delicadamente sobre el suelo. Y no llores más, porque estoy seguro de que nos volveremos a ver. Muy pronto.

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