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Los mil rostros de la inmigración
El tema de la inmigración está siendo actualmente muy discutido dentro de la sociedad española y en las de casi todos los países de Europa. Recientemente, con las noticias de la construcción de un muro a lo largo de la frontera entre los Estados Unidos y México, podríamos decir que poco a poco este tema va colocándose sobre el tapete. Como ciudadano del mundo, nacido en un país tercermundista como es el Perú, he podido vivir directamente algunas experiencias muy ilustrativas de lo que se puede llamar inmigración.
En primer lugar debo decir que si en lo países de origen de todas las personas que deciden emigrar les hubieran dado las condiciones mínimas para desarrollarse, estoy completamente seguro de que muy pocas personas optarían por salir de su país. Toman esa decisión cuando han agotado todas las posibilidades de tener una vida digna y están hartos de su situación.
El tema de la inmigración actual se resume en una sola palabra: HIPOCRECIA. En el caso de España, se trata de una relación de necesidad de mano de obra, de técnicos y profesionales, de sangre nueva, que no se ha calculado ni legislado de una manera inteligente. Esta hipocresía en la política migratoria, como en la de muchos países, tiene mil rostros, dependiendo del paralelo geográfico y de las características culturales y socio económicas del país en cuestión. Para apoyar lo anteriormente mencionado voy a relatar algunos ejemplos.
Cuando a finales de los años ochenta, el actual presidente del Perú, el Sr. Alan García Pérez terminaba su primer gobierno y dejaba un país en la miseria, exhausto, destruido por la violencia terrorista y agobiado por los terribles errores cometidos en el área económica, millones de peruanos quedamos con una mano adelante y la otra … también adelante. La inflación era como una espada de Damocles para cada uno de nosotros, diariamente los precios subían y el paso de los minutos se tornaba un agobio que todos estábamos condenados a respirar. El siguiente gobierno se encargó de acomodar todo ese desorden bajo las más preclaras premisas de la política neo liberal, lo que significó (entre otras cosas) perder aproximadamente el 60% de nuestro poder adquisitivo. Habíamos vivido una mentira y empezábamos a vivir otra mentira más ordenada y más cínica.
Al mismo tiempo, en Japón se estaba viviendo una explosión económica nunca antes vista, una “burbuja” totalmente artificial, pero cuyas circunstancias obligaron al país a necesitar de miles de trabajadores. Un país tan xenófobo lo tenía claro: no querían a cualquiera, cualquier persona no era lo suficientemente “decente” para ingresar a su país. No necesitaban profesionales, técnicos, vendedores o personas que realizaran alguna otra actividad parecida (un país tan estructurado ya sabe cuántos profesionales y técnicos necesita y eso condiciona que desde muy niño sepas a qué te vas a dedicar). Ellos necesitaban mano de obra, masa que ayudara a empujar el carro del desarrollo japonés. Por eso convocaron a todos los Nikkei, es decir, descendientes de japoneses nacidos en el resto del mundo. Así, acudieron por miles, descendientes de japoneses desde muchos países, sobre todo tercermundistas, por supuesto. En un principio, las fábricas se peleaban por este ingreso de nuevo y muy necesario personal y les ofrecían condiciones nada despreciables, pero poco a poco la cantidad de trabajadores fue subiendo y las condiciones fueron haciéndose cada vez más difíciles. Dicho sea de paso, a los trabajadores extranjeros se les daba (y se les da) los empleos más peligrosos, fatigosos y sucios. Soy testigo directo e indirecto de los muchos extranjeros que sufrieron accidentes o perdieron la vida en esas condiciones.
Para los japoneses todos nosotros éramos “Gaijin” un término despectivo que significa algo así como “extraño” y resume la visión que tienen del mundo: Ellos y los demás sean de donde sean y vengan de donde vengan. Mientras nos necesitaron no dijeron nada, pero eso sí, se cuidaron de tenernos perfectamente controlados, cada uno con su tarjeta de extranjero que debía actualizarse necesariamente si uno se cambiaba de empleo o de casa, los nuevos empleadores estaban obligados a informar de los nuevos trabajadores, aunque pude observar que existían personas que no tenían nada de japoneses: extranjeros que llegaron a la isla de alguna manera (una cantidad mínima, por cierto) y muchos pakistaníes, devolución amable de Japón por el apoyo que Pakistán brindó a los países aliados en la guerra del Golfo del año 1991 y que contribuyó a que la guerra terminara pronto, porque para un país dependiente del petróleo como era (y es), la guerra ya se estaba alargando demasiado y sus reservas y por lo tanto toda la cadena productiva se veían seriamente amenazadas. Experimenté el rol de trabajador en un país en dónde nunca aceptarán a un extranjero como parte de su sociedad, que ha heredado la organización de las castas de la época medieval y que tiene una visión del mundo muy particular. Esta actitud totalmente hipócrita, era aderezada con la cordialidad y la educación típicamente japonesas, que parecen estar grabadas en sus genes (por obligación). Así, cada vez que comprabas te sonreían y si hacías horas extras te miraban algo mejor. En una ocasión, recuerdo que un grupo de compañeros fue a tratarse a un dentista. Uno de ellos, brasileño nisei (japonés de segunda generación), que hablaba perfectamente el idioma pero que no había abierto la boca para nada, entendió algunos comentarios que el doctor le hacia a sus enfermeras, y luego nos lo comentó. Lo que se preguntaban unos a otros, mientras atendían a “esos” extranjeros, era qué diablos tendría aquella sangre…Así como lo leen, ni más ni menos. Otro ejemplo: Un sacerdote español se lamentaba de una postura similar cuando cundió una gripe en su congregación. Las monjas de origen japonés acusaban directamente al “Zupein Kaze” (Gripe Española) de la causa del problema. Dicho sacerdote tenía viviendo en Japón más de veinte años, pero podrían haber pasado cien años, que seguro que por ser extranjero era el culpable de la gripe y del pecado original.
Podríamos resumir que la relación de Japón y sus trabajadores extranjeros es hipócrita pero tecnificada. Hipocresía hi tech.
Veo diariamente en la televisión cómo llegan a las costas de Canarias y de Andalucía cayucos llenos de inmigrantes que en sus respectivos países no tendrían más porvenir que morirse de hambre. Esto no es responsabilidad exclusiva de España y me doy cuenta de que un rostro más de la hipocresía en este tema es que muchos países europeos creen que Europa termina en los pirineos, lo cual demuestra una clara visión xenófoba e ignorante del problema. Precisamente, he leído hace unos días un artículo aparecido en el periódico El Heraldo de Aragón, en donde se denunciaba de una manera amarga el hecho de que Francia no tiene ninguna intención de desarrollar un área de intercambio con España, en el pirineo aragonés. No desean carreteras, ni trenes, ni nada. La hipocresía tiene muchas facetas. Francia prefiere mirar hacia Alemania, Italia y el Reino Unido.
Si Japón aplica una política migratoria absolutamente calculada y estructurada, a la que denominé hipocresía hi tech, en el caso de España, la política migratoria es igual de hipócrita pero más typically spanish, es decir, con grandes agujeros que no se pensaron con anticipación. Estaba preparada España para un proceso intenso de inmigración? La respuesta se cae de madura: No. Mientras por un lado cada vez se hacen más difíciles las condiciones para que ciudadanos decentes de países de Sudamérica puedan entrar a este país (con quienes por lo menos hay una relación cultural y de larga historia) se permite el ingreso de ciudadanos de Europa del Este (muchos de los cuales, sin ánimo de hacer una generalización, terminan engrosando bandas de delincuentes) y los que llegan en cayuco tarde o temprano terminan siendo liberados porque no hay convenios con los países de origen. Es en este punto que no puedo evitar hacerme algunas preguntas: Cuántos siglos el reino de España expolió los actuales territorios de casi todos los países latinoamericanos? Cuántos ciudadanos españoles huyeron o fueron expulsados de este país hacia México, Argentina, Uruguay, Perú o Venezuela? (por citar algunos) durante el período de la dictadura franquista? No fue argentina en tiempos de Evita Perón la que trajo a España barcos cargados con granos de trigo y que en gran medida salvaron de la muerte a miles de ciudadanos que sufrían las consecuencias de una guerra absurda y traicionera?.
No quiero abrir ningún tipo de herida del pasado, ni buscar los puntos débiles de este país, pero observo con mucha admiración que las actuales generaciones parecen no querer ver lo que sucedió, cuándo la actitud correcta es reconocer lo bueno y lo malo que ha tenido la historia. Trato de entender, por ejemplo, por qué se ponen tantas trabas a todos aquellos ciudadanos latinoamericanos que vienen a trabajar y a contribuir al desarrollo de este país. Muchos de ellos son descendientes de españoles, tienen apellidos más castellanos que cualquiera y sin embargo, se encuentran con una larga lista de dificultades que nadie entiende.
Es una realidad obvia reconocer que España no puede absorber a tanta gente, pero no se dice claramente. Hace poco leí con sorpresa en un artículo periodístico que un ministro de gobierno afirmaba alegremente que España estaba preparada para integrar 200,000 trabajadores anuales a su mercado laboral. Me parece una opinión respetable, pero muy discutible. España crece favorablemente, y mucho de ese crecimiento se ha debido al esfuerzo de los inmigrantes, pero las cosas están muy lejos de ser todo lo idílicas que a veces, por cuestiones de imagen política, se nos quiere hacer ver.
He sido testigo en Argentina de situaciones totalmente kafkianas, como por ejemplo, escuchar el testimonio de una ciudadana argentina casada con un ciudadano español que tenía que salir cada tres meses de España y volver a hacer todos los trámites exigidos para volver a entrar. Así por un período de dos años para cambiar su situación. Que relación se puede sostener en esas condiciones? Es esto lógico?. Es totalmente absurdo!
Por otro lado, la inmigración llamada “irregular” termina distorsionando el marco general para todos los españoles de a pie y para los extranjeros que han sabido ganarse un lugar en estas tierras. Hace poco, tuvimos que ir a trabajar a Almería, en el sur de España. En el tren viajaban veinte ciudadanos africanos, mal vestidos, con rostros de agotamiento, impacientes, cada uno con una bolsa de plástico con un vistoso logotipo de la Cruz Roja. (Quién pagó sus billetes?) Cuando el tren llegó a su destino, ninguna de estas personas cedió el paso a mi esposa. La atropellaron en su desesperada salida hacia la puerta de la estación. Fuera, pude observar, los esperaba una persona que los reunió y se los llevó con dirección desconocida. Nuestros amigos residentes en Almería y alrededores nos dijeron que las cosas estaban cambiando radicalmente. Pero para peor. A partir de las seis de la tarde, cuando la luz del día decrece, las mujeres y las niñas están prohibidas de salir a la calle. Casos de agresión sexual, robo con violencia y otro tipo de delitos son cada vez más comunes en esta zona. Hace poco, en El Ejido hubo, literalmente, una guerra entre residentes españoles y personas ilegales. Ese hecho, gravísimo, fue interpretado por la prensa como “xenofobia”. Absurdo!. No es xenofobia, es rabia por la pasividad de las autoridades españolas para controlar esta avalancha de ciudadanos que ocupan zonas abandonadas y se dedican a robar y a trabajar cuando alguno de los empresarios de la zona necesita mano de obra por la cual no declara impuestos ni quiere pagar seguridad social. Hasta cuándo durará esta situación?. Es posible que este tipo de personas puedan adaptarse y contribuir a la economía y sociedades españolas?. Por qué normalmente se ven guetos de gente de raza negra que no hacen absolutamente nada por integrarse en tantas partes de España?.
Es probable que navegando en aguas tan tempestuosas, por falta de buenas órdenes del capitán, terminemos encallando. Observo con curiosidad que todo esto crea una gran inseguridad en los ciudadanos españoles pues ven la inmigración como una amenaza y no como una contribución.
Los españoles tampoco la tienen fácil, hay demasiados contratos basura y una inestabilidad que no ofrece una visión de esperanza y claridad a la juventud. Está claro que no se puede perjudicar al pueblo español, pero no por eso se debe de ignorar que la contribución de los inmigrantes ha redundado, en gran medida, en llevar a España al sitial de desarrollo en el que hoy se encuentra. Que hay mucho por delante, está claro y sería mucho mejor si extranjeros y españoles empujáramos en el mismo sentido. Hace algunos meses, el dueño de un conocido comercio de venta de minerales de Barcelona me agradecía sin tapujos, con un caluroso apretón de manos, estar contribuyendo al desarrollo del país, pues pagando mis impuestos él mismo, próximo a la jubilación, así como muchos ancianos podrían cobrar su paga. Eso es tener visión y coherencia. Además, está el hecho evidente, de que mucha de la gente que viene a trabajar realiza las labores que los españoles no quieren hacer o simplemente, no saben hacer.
Temo que todo esto sea un caldo de cultivo para grupos de ultraderecha, que basándose en las mismas estupideces ignorantes de todos los movimientos de este tipo, termine aglutinando a todos aquellos que desde un punto de vista emocional se sientan amenazados. Que por los resquicios de la incoherencia, aparezca un partido de ultra derecha. Porque la ignorancia es atrevida, pero crea miedo y caos, dos ingredientes terribles que siempre contribuyen a crear violencia.
Oswaldo Rocha
Zaragoza, Noviembre de 2006
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